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Falcotitlan: DERECHOS HUMANOS

Hugo Alberto Falcón Páez 



No hay un derecho humano más, que no dañarse ni dañar. 



El lunes 10 del presente se celebrarán setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Con la tripartita premisa de defender la equidad, la justicia y la dignidad humana. Sí. Pero qué sucede en nuestro mundo, el lastre de la solapación y la inmundicia social nos ha devorado y nos enferma. Se ha convertido en una guerra caótica, y por ello clamo en este texto a la fe, a la paz y al amor, a la perfecta bondad que reside en el corazón y mente de cada uno. Existe, está ahí desde que nacemos, por ello fuimos recién nacidos. La natura del Ser se vació en cada alma y nos hace supremos arquitectos, para una vida mejor y próspera. La ignorancia, la envidia, la ira, el orgullo, son los males que flanquean nuestra desesperación. 

El documento de 1948 tiene una traducción a más de 500 idiomas, en él se enfatizan nuestros derechos inalienables inherentes, sin importar raza, color, religión, sexo, idioma, opinión política o de otra índole, origen nacional o social, propiedades, lugar de nacimiento, ni ninguna otra condición. El valor de cada persona se sintetiza en el Artículo 1, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: Todos los Seres Humanos Nacen Libres e Iguales en Dignidad y Derechos. En este compromiso, redactado por diversos representantes de nichos jurídicos y culturales del orbe, establecen en concordia ante la Organización de las Naciones Unidas y los Estados que la conforman, una base universal e imperecedera. 

Sin embargo, el detrimento de ello reside en las posturas que pudren la vida y su evolución, en los campos filosóficos, científicos, morales, éticos, sociales, culturales, ambientales y ecológicos, así como económicos. Las siguientes aristas lo detallan: La Declaración Universal de los Derechos Humanos nos fortalece a todos; Los derechos humanos nos conciernen a todos, cada día; La condición humana se fundamenta en estos valores universales; La equidad, la justicia y la libertad evitan la violencia y velan por la paz; Cada vez que se olvidan o se dejan de lado los valores humanos, todos corremos un gran riesgo; y Debemos luchar por nuestros derechos y por los del prójimo. Adiciono. La educación es formar generaciones válidas, que persigan un destino favorable para la especie y todas las que nos rodean. Se mancomunan nuestras energías, y recae en un poema. Como si se tratase de un escrito milenario. 

Y agrego estas palabras de Joseph Carey Merrick, mal llamado El Hombre Elefante. “Es cierto que mi forma es muy extraña, pero culparme por ello es culpar a Dios; si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo procuraría no fallar en complacerte. Si yo pudiese alcanzar de polo a polo o abarcar el océano con mis brazos, pediría que se me midiese por mi alma, porque la verdadera medida del hombre es su mente”. Hay hombres que definen una descendencia histórica, para mí este personaje real, lo hizo. Merrick, nació en el Siglo XIX en Leicester, Inglaterra, el cinco de agosto de 1862 y falleció en Londres el once de abril de 1890. No fue un poderoso ni magnánimo, ni miembro de la Realeza Británica, ni un grandioso prelado, ni un horrendo asesino, ni archimillonario, ni militar, ni actor, ni deportista, ni mucho menos político. Fue un hombre bueno, un ser humano con pureza que ha trascendido en el corazón y mente de pocos. Él desde el año y medio de edad padeció una rara enfermedad que le deformó en parte el sistema óseo, muscular y piel. Una severa variante del Síndrome de Proteus. Para muchos, su figura grotesca lo llevó pronto a debutar como un mutante, un deforme, un engendro que iba en ferias, carnavales y teatros. Me pregunto. ¿Hoy quién es el monstruo? 

#LuchaPorLosDDHH 


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